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BÚSQUEDA

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Un ser humano está constantemente buscando y esperando algo. Y cuando él o ella lo encuentran, se da cuenta de que no era exactamente lo que estaba buscando. Sobre la base de esta experiencia, surge la convicción de que la vida es buscar, no encontrar. Y, sin embargo, está en clara contradicción con la seguridad del Evangelio: "Buscad, y encontraréis. Llamad y la puerta se os abrirá." Lo mismo ocurre con el amor. Nos enamoramos, pero con el tiempo el objeto de nuestro amor despliega un rostro desconocido para nosotros anteriormente, y nuestro amor se disipa en alguna parte. ¿Se puede hablar sobre esto? ¿Y debe quedarse así?

Según los rosacruces, este gran impulso de búsqueda, o la expectativa constante, que resulta del sentimiento doloroso de que falta algo esencial, proviene del recuerdo de la perfección perdida que habla en nuestro corazón. Esta memoria puede explicarse por la presencia de una reliquia de inmortalidad en el corazón humano. Así que en un hombre mortal hay un elemento inmortal que se siente incómodo en este mundo de lo perecedero y exige un retorno a lo imperecedero. Y, por lo tanto, ningún logro adquirido en el mundo transitorio puede satisfacerlo. Él espera sólo una cosa: recuperar el estado perdido hace mucho tiempo.

Lo mismo sucede con el amor. Ningún mortal puede hacer frente al ideal que queremos. Porque nuestro corazón exige un ideal, como si supiera que existe y está en algún lugar para ser encontrado. Pero no aquí, donde todo debe perecer tarde o temprano. Así que debe haber un mundo perfecto en alguna parte, y eso es lo que estamos buscando, eso es lo que anhelamos. ¿Encontraremos lo que buscamos? ¿Será satisfecho nuestro anhelo?

En este contexto, vale la pena citar un breve extracto de Jan Amos Comenius "Unum necessarium" [1](La único necesario) :

«¿Y por qué perder la esperanza de que estos deseos innatos de cosas mejores y las incesantes tentativas humanas por alcanzarlas, han de tener alguna vez, por fin, el éxito deseado? Efectivamente, si Dios y la naturaleza no hacen nada en vano (cosa que los filósofos han observado y admiten como un axioma infalible), ¿por qué habría decidido Dios introducir en el corazón humano unos deseos tan arraigados si no hubiera querido que se satisficieran nunca, en ningún momento? Pensamiento absurdo, pues sería forzoso que o bien Dios no comprendiera los fines de nuestros deseos, o que no pudiera hacernos avanzar hacia nuestro interior, o no supiera o quisiera. Nada de lo cual puede pensarse,
a no ser que queramos privar a Dios de la gloria de la omnipotencia,
o de la omnisciencia,
o de la bondad absoluta...»

Esta seguridad ferviente, que satisface el corazón anhelante, es muy reconfortante.

 

 

 

 


[1] Comenio y Lo único necesario, Capítulo 1, v. 21, Fundación Rosacruz, Zaragoza, España

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