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Contexto del trabajo iniciático en la actualidad -Parte 1

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A la hora de abordar qué es y qué puede aportar la Rosacruz en nuestros días, hay tres conceptos que conviene aclarar primero. Una cosa es la Rosacruz como filosofía y visión del mundo, otra la Rosacruz en la vida práctica y cotidiana de una persona –por tanto, en la vida de un alumno rosacruz–, y otra la Rosacruz en cuanto sociedad, agrupación o escuela que se define como rosacruz.

La Rosacruz, como filosofía y concepción cosmológica y antropológica, es, sin duda, un fruto del Renacimiento, y surge de la confluencia de una serie de corrientes que, tras ser depuradas de sus componentes y adherencias de carácter supersticioso y fantasioso, son sintetizadas  en un modo de pensar y abordar la existencia.

Una vez expuesta esta definición, podemos constatar que en todas las épocas y regiones del planeta, ha habido personas que han llegado a las mismas o idénticas conclusiones, y que han hecho de ellas un “modus vivendi”. Por eso podemos afirmar que siempre ha habido rosacruces, antes y después de la aparición de la Rosacruz clásica del siglo XVII.

Quienes han estudiado la tradición rosacruz en su breve historia, desde el Renacimiento hasta hoy, se han agrupado en sociedades que portan el nombre Rosacruz de diversas maneras. Hay suficiente literatura académica para conocer, en cierta medida, todas esas sociedades.

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En este artículo nos vamos a ceñir a los fundamentos filosóficos de la Rosacruz, y de qué manera un rosacruz puede contribuir a aportar luz a la sociedad actual.

Nuestra sociedad está fundamentada, sólidamente, en la comunicación, y más en concreto, en la comunicación basada en la palabra. A nadie se le escapa que las palabras representan conceptos, y resulta obvio que están formadas por letras. En sus diversas combinaciones dan lugar a un tipo de lenguaje eminentemente práctico, cuyo fin básico es definir, nítida y racionalmente, ideas, conceptos, y cosas. Si escribimos, por ejemplo, la palabra “rosa”, todo el mundo sabe de qué hablamos, y esto es muy útil para el tipo de vida y sociedad eminentemente práctica en la que vivimos. El problema es cuando usamos este mismo tipo de lenguaje para intentar transmitir conceptos e ideas de cosas que no se encuentran en la naturaleza conocida, ni son cosas tangibles. En tal caso, nos vemos obligados a utilizar  toda una serie de adjetivos y explicaciones que, según sea la idea que queramos transmitir, puede hacer que la comunicación se vuelva farragosa y sujeta a equívocos.

Las Escuelas de Misterios o iniciáticas, siempre fueron conocedoras de las limitaciones de este tipo de lenguaje, y, por ello, usaron profusamente símbolos y jeroglíficos. El lenguaje simbólico tiene –o al menos tenía– un poderoso efecto evocador, sugerente, que por medio de alusiones complementarias, despierta la posibilidad de visualizar e imaginar racionalmente, realidades intangibles y sutiles.

La Rosacruz, engarzada claramente en la tradición mistérica occidental, combina de forma muy eficiente ambos lenguajes. Y en ello vemos una de  sus características: el permanente esfuerzo por trenzar lo sutil con lo concreto, la consciencia imaginal con la representación visual. Y ello es lógico, pues, como su mismo nombre indica, se trata de una conexión de lo puramente espiritual (la Rosa) con lo puramente natural (la Cruz). La Rosa representa, simbólica y alusivamente, la Idea del Espíritu manifestado en la vida, mientras que la Cruz representa la vida misma en sus 4 elementos fundamentales: Fuego, Agua, Aire y Tierra, o, en una terminología más científica y moderna: Hidrógeno, Oxígeno, Nitrógeno y Carbono. La unión de lo divino y lo humano, de lo espiritual y lo material, de una manera intensa, sin eludir la profunda contradicción que tal unión implica, es la característica central de la Rosacruz.

Sin duda estaremos de acuerdo que mediante el lenguaje simbólico o jeroglífico, no es posible definir los planos para fabricar, por ejemplo, un Airbus. Del mismo modo, podemos afirmar que un lenguaje tan tecnificado y concreto como el que es necesario para fabricar un Airbus, no sirve, en absoluto, para generar en nuestra mente las imágenes e ideas, los pensamientos y los conceptos –y las imprescindibles sinapsis neuronales– que nos permitan concebir y comprender realidades que trascienden lo cotidiano, tangible y conocido.

La Rosacruz no busca místicamente (y al usar la palabra “mística” lo hacemos en su sentido corriente, y no en su vertiente de “mistérico”), cielos y divinidades extra cósmicas, tan llenos de fantasía y construcciones mentales antropomórficas, sino que intenta descifrar el lenguaje del Espíritu en su manifestación natural. Si el Universo es el pensamiento de un sublime Arquitecto, el rosacruz no parte en busca del arquitecto, sino que intenta descubrir, en “su obra”, las intenciones subyacentes del artista. Y como, a todas luces, la obra más completa, magnífica y sorprendente de todas las que conocemos es, sin duda, el ser humano y su cuerpo, la Rosacruz concentra todos sus esfuerzos en conocer ese universo en miniatura que es el ser humano. De ahí que al ser humano lo defina como “microcosmos”.

La hipótesis de partida es que conociendo al ser humano, se puede conocer tanto el universo como el “propósito” del mismo. Por ello, siguiendo los consejos que la diosa Perséfone  da a Parménides (en su obra “Sobre la Naturaleza”), el Rosacruz recorre mental y vivencialmente los caminos del Ser, de “lo que es”, dejando fuera de consideración “lo que no es, ni puede ser”, es decir, lo irreal, irracional y exento de utilidad alguna.

El camino de búsqueda y descubrimiento de la verdad y de la realidad de un rosacruz, sigue, por ello, la vía del Logos, tanto mediante el uso del pensamiento lógico como del analógico. Y entiende, al igual que los clásicos, ese Logos en su doble vertiente de “cuenta” y “cuento”, es decir, de matemáticas y relato, siendo la cuenta el exacto fundamento inmutable de las leyes naturales del universo, y el cuento, el devenir necesario de lo que es, siguiendo para unos los caminos del azar, y, para los rosacruces, los caminos del propósito subyacente en la vida misma.

Aparecerá claro al lector por qué los rosacruces nunca han estado del lado del autoritarismo dogmático de las diversas religiones, y siempre han luchado por emancipar la mente humana del yugo de lo irracional y de las creencias. Siendo la mente la corona del ser humano, no parece lógico encerrar esa mente en la camisa de fuerza de la obediencia dogmática a conceptos insostenibles mediante la lógica y la observación más elementales. Y, en ese sentido, siempre han caminado a contracorriente de su época, en la convicción de que quien camina contra la corriente de un río, llega al manantial que le dio nacimiento.

 

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