Don Quijote

Don Quijote, la metáfora del camino.

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Hace unos años tuve una intuición sobre el significado de Ilíada y Odisea, dos obras que me han acompañado toda la vida: de repente se me ocurrió que Ilíada, el mundo de la guerra de Troya, con todos los héroes y dioses y el incesante ruido de los metales, representaba el mundo tal cual es, con las fuerzas cósmicas que inciden en su curso, el inexorable curso del destino. Odisea, que es realmente un libro moderno, representaría, tras el aterrador conocimiento del mundo, en el que “se es vivido”, el otro camino de Ulises, la vuelta al sí mismo inmortal, la patria primigenia, Ítaca, donde Penélope, su alma, lo ha esperado tantos años.  Es el retorno que todo ser humano, después de purificarse a través de experiencias sin fin, ha de realizar para volver al origen, al ser divino.

También siempre me he preguntado por la mirada de Cervantes al escribir el Quijote. Nunca hubo duda acerca de su talento, generosidad, idealismo, sabiduría; de su escritura transparente, irónica, compasiva. Pero, siempre se me había escapado, más que la cocina, el sabor de la obra. Aparte de las fuentes e interpretaciones literarias, cuya investigación no cesa, yo buscaba otro significado. No una novela cómica, ni romántica, ni metacreadora, que lo es, sino su significado oculto: qué nos revelaba de la verdadera esencia humana.
La genialidad de la obra y el monumental adosado de comentarios críticos ha oscurecido muchas cosas que deberían quedar veladas; y han quedado.
 
De igual manera, me pregunté siempre por Shakespeare, cuya mirada me ha parecido un cristal tan transparente que parece haber desaparecido toda entidad hacedora: detrás de las obras de Shakespeare no hay nadie, no hay un ego que se muestre, solo un espejo que muestra caracteres y situaciones. Y una inmensa creación lingüística que refundó la lengua inglesa en el periodo isabelino.

Pero volvamos a Cervantes. Un buen día, como me pasó con las obras de Homero, se hizo un poco la luz e intuí un sentido global de las idas y venidas del caballero de la Triste Figura y su escudero Sancho.

En líneas generales, se me revela que el Quijote es una obra sobre el camino: me refiero al camino interior, al camino de la conciencia que avanza, se expande y se recompone, siempre mutante, pero sin perder de vista su destino: la comprensión de la unidad y armonía de lo creado. Ello está expuesto en su discurso sobre la Edad de Oro ante los atónitos cabreros, unos seres humildes a los que se les revela el misterio, como a los pastores de Belén. En él se revela el idealismo esotérico del Renacimiento, que emana del mundo clásico, con sus implicaciones herméticas y orientales. No olvidemos que el autor solo se atribuye la traducción de la obra de un tal Cide Hamete Benengueli, autor arábigo. El mundo árabe aún está muy cerca en España; no han pasado dos siglos desde su derrota definitiva y aún en vida de Cervantes se van a combatir rebeliones de moriscos en Granada y el Levante español. Y en todo el Mediterráneo existe “la amenaza del Turco”. Cervantes lucha como soldado en Lepanto y es cautivo en Argel durante ocho años.

Don Quijote realiza tres salidas. Ya en la segunda va acompañado de Sancho, que ha convencido a su mujer para que lo deje partir, pues va a obtener ganancia. Sancho es un ser con los pies en la tierra, materialista y sensato, y una ayuda inmensa para D. Quijote en todas sus desgracias. Es, en sentido simbólico, la otra parte de nosotros mismos, lo que llamamos ego o conciencia natural, que ha de cuidar de la supervivencia y las necesidades básicas.  Sin ella no sería posible el camino, porque la rosa ha de crecer desde abajo, desde la conciencia natural, que en el mejor de los casos comprende y colabora.

A través de D. Quijote y Sancho, Cervantes coloca el mito caballeresco, provenzal, a ras de tierra, porque desde la tierra se han de comprender los secretos de lo de arriba y lo de abajo. Podríamos decir que en Cervantes el mito caballeresco se hace carne y sale a los caminos; continuamente se nos muestra no cómo debemos ser, sino cómo somos: Parsifal representa, al final de su trayecto, un ideal sin mácula, sin fisuras; D. Quijote cae una y otra vez: atrás quedaron los cánones caballerescos y solo queda el camino. Así, Cervantes funda la modernidad tras la mentalidad del medioevo.

Pero volvamos a nuestra tesis.
Si tomamos en cuenta lo de arriba, la vertical que baja de las estrellas y lo de abajo, la horizontal que camina, D. Quijote acomete el tercer camino: hacer su propio camino. Por eso sale tres veces a experimentar lo que leyó y quiere vivir en sus carnes.
Como lo que predica con efusiva elocuencia es algo fuera de lo común para la mentalidad humana, Cervantes ha de crear un personaje “loco”. Solo un loco, como un niño, conecta directamente con la verdad y es capaz de ofrecernos una verdad que puede obviarse o “perdonarse” porque proviene de un personaje que ha perdido la razón, que ha abandonado las convenciones de espacio y tiempo y se ha adentrado en los infinitos horizontes de la eternidad.
D. Quijote, tras cada aventura, yace apaleado, dolorido, confuso. Y no podía ser de otra manera, porque en cada hazaña se ha enfrentado a un fantasma interior que le cierra el paso a la evolución de la conciencia. Cada obstáculo muestra un error de percepción, lo que todos sufrimos, y, al experimentar, salimos confundidos y, luego, quizá más esclarecidos.

Digamos que los molinos de viento pueden representar el eón del destino, o el eterno retorno, la rueda del sámsara, que da vueltas sobre sí misma y voltea todo lo que aparece a su alrededor; pero también muele el trigo, el alimento esencial: toda una lección de alquimia, la de la conciencia que se alimenta y crece confrontada con el acto.  O que los rebaños son la conciencia tribal de las convenciones, la conciencia más animal. Así pues, Cervantes nos plantea en su Quijote una serie de enigmas sobre la evolución de la conciencia a medida que avanza la narración, el camino cobra sentido y el personaje se transforma.
Como sus grandes ideales, -Amadís, Tirant lo Blanc, Parsifal, el caballero de la carreta, los caballeros del ciclo artúrico-, D. Quijote ha de hacer su camino. Si no, de nada serviría tanta fanfarria idealista. La idea ha de ponerse en práctica para que fructifique y aclare el entendimiento, y eleve el alma.

En verdad, solo un loco –ay, los locos de amor del sufismo- podría aceptar el esfuerzo titánico por la liberación del alma. La voluntad idealista le da fuerza al mito y hace pensar en otras fuerzas que no sean las puramente humanas para enfrentar a gigantes y ejércitos. Porque el mito de la libertad lleva adheridas las fuerzas de la libertad; el camino evoca las fuerzas del camino.
Curiosamente, al volver y aún recuperándose de la segunda salida, estando aún recluido, ante el miedo general, responde a sus amigos el cura y el barbero que la amenaza del Turco se resolvería con la presencia de más caballeros andantes en el mundo. Es decir, con más gente con conciencia, que es lo único que puede resolver realmente los problemas. Y no tanto por su fortaleza destructora de ejércitos, sino por la presencia de su luz en el mundo, que anula y disuelve los conflictos.

No vamos a hablar ni del judío converso, ni del soldado, del cautivo en Argel, del recaudador de impuestos en tierras de Córdoba y Sevilla, de la prisión, de los amores… Aunque esas experiencias colmaron una vida que desembocó en la obra maestra que siempre nos parece mucho más de lo que parecía.

D. Quijote muere cuando se acaba su locura, diríamos que ha purificado su corazón a través de la acción, y muere en paz, no por haber recobrado la cordura, sino por haber hecho su camino, el camino iniciático, el de caballeros del Grial.

 

 

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