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El catarismo, la religión del amor - Parte II

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(viene de la parte I)

La religión de los “buenos hombres”

En un primer momento la religión de los “Buenos Hombres” se desarrolla dentro del seno de la Iglesia Católica Romana.
   
Si bien los cátaros no asumían, en su totalidad, los dogmas cristianos y rechazaban el Antiguo Testamento,  reivindicaban el cristianismo primitivo, proclamando un desprendimiento total de la materia (encarnación del mal),  y un decantamiento  hacia un ascetismo riguroso.
   
Es evidente que un posicionamiento tan radical, atrajo pronto las sospechas de la ortodoxia Católica. Se produce con ello una segunda fase, en la que la religión cátara es vista como un peligro para el futuro de la Iglesia Católica Romana  y en la que, durante cerca de un siglo, el catarismo se desarrolla paralelamente, pero al margen del cristianismo romano.
   
La tercera fase, la constituye, la cruel y fanática persecución a la que fueron sometidos los “Buenos Hombres”, los “Puros”, o  “perfectos”, término utilizado por los católicos romanos para burlarse de los que consideraban sus adversarios.
   
En el año 1.165, se celebra cerca de Albi el concilio de Lombers, última tentativa de acercamiento entre cátaros y católicos romanos. Sin embargo, el concilio resulta un verdadero fracaso y, a partir del mismo, la Iglesia de Roma, toma la decisión de extirpar por las armas la religión cátara, considerada como herejía, y una verdadera amenaza para la unidad de la Iglesia Católica Romana.

La cruzada contra la herejía cátara

El catarismo  fue ante todo una religión cristiana que afirmaba ser portavoz del auténtico mensaje de Cristo.
   
Disponemos de una carta enviada a Bernardo de Claraval por el preboste Evervin de la abadía de Steinfield (diócesis  alemana de Colonia), en 1147, en el que se alude a un grupo de cristianos considerados herejes:

Recientemente, en nuestra casa, cerca de Colonia, se han descubierto herejes, algunos de los cuales, para nuestra satisfacción, han vuelto a la Iglesia. Dos de entre ellos, a saber, aquellos a los que llamaban el obispo y su compañero, se nos han enfrentado en una asamblea de clérigos y laicos, en la que estaba presente su ilustrísima el arzobispo con personas de la alta aristocracia; ellos defendían su herejía con las palabras de Cristo y de los apóstoles (…) Cuando se hubo oído esto, se les amonestó por tres veces, pero ellos rechazaron arrepentirse; entonces, a pesar nuestro, fueron llevados por un pueblo con demasiado  celo,  arrojados al fuego y quemados. Y lo que es más admirable, es que entraron en el fuego y soportaron sus tormentos no solo con paciencia, sino incluso con alegría. Sobre este punto, Padre santo, quisiera, si estuviera cerca de ti, tener tu respuesta de ¿por qué estos hijos del diablo pueden encontrar en su herejía, un valor semejante a la fuerza que la fe en Cristo inspira a los verdaderos religiosos?

Según el testimonio de Evervin, estos “hijos del diablo”, decían de sí mismos que eran la Iglesia de Cristo, heredera de la tradición apostólica, porque ellos seguían a Cristo, y que eran los verdaderos discípulos de la vida apostólica, porque no buscaban el mundo ni poseían casa, ni campos, ni dinero alguno, así como el propio Cristo no poseía nada ni permitió a sus discípulos que poseyeran nada. Afirmaban que “no son de este mundo”. Evervein señala también que bautizaban y eran bautizados, no con agua, sino con el fuego y el Espíritu, invocando el testimonio de Juan Bautista. Tal bautismo lo llevaban a cabo por imposición de manos, a través del ritual conocido como “Consolamentum”.
   
Los “herejes cátaros” cuestionaba los sacramentos de la Iglesia de Roma, decían que no era necesario bautizar a los niños, ni rezar por los muertos, ni pedir la intersección de los santos (a finales del siglo XII, Matfre Ermengaud de Bézier, en su tratado contra los herejes, señala que de todos sus errores, el de mayor trascendencia era la interpretación del sacramento de bautismo).
 
Según el testimonio de Evervin, la estructura de la Comunidad de los  herejes, comprendía tres niveles: “los elegidos” (los que habían recibido el “Consolamentum”, los “perfectos”, el grupo más interior), “los creyentes” (los que seguían las doctrinas, pero no habían sido bautizados), y “los oyentes” (los que escuchaban las predicaciones de los herejes). Señala el preboste que tales herejes tenían su propio Papa y que, incluso entre  las mujeres, había “elegidas”.
   
Los cátaros utilizaban profusamente el Nuevo Testamento, así como algunos libros del Antiguo, si bien mostraban una clara predilección por el Evangelio de Juan. Igualmente, tenían en muy alta estima la oración del “Padre Nuestro”, considerando a Cristo como el medio por el que Dios se revelaba a la humanidad.
   
Las interpretaciones que los cátaros hacían de las Sagradas Escrituras, desataron muy pronto  la ira de la ortodoxia romana, hasta el punto de que el Papa Inocencio III organizó una cruzada con el fin de   acabar con lo que se considera herejía cátara. Así, en  el año 1209, un ejército de unos 30.000 soldados devastó el sur de Francia. Solo en Béziers, una de las primeras ciudades en caer, fueron exterminados más de 15.000 hombres, mujeres y niños.  Los cruzados, bajo el liderazgo de Simón de Montfort,  sembraron el terror y propagaron  la quema colectiva de  miles de “buenos hombres”.
   
Cabe preguntarse qué horribles crímenes justificaban tan crueles persecuciones y matanzas. Bernardo de Claraval, tenido por santo por la Iglesia romana, y declarado enemigo del catarismo, en sus sermones 65 y 66 sobre el Cantar de los Cantares (muy probablemente teniendo en mente la carta que le envío Evervin) compara al hereje (cátaro) con una raposa que disimula sus actos:

“Si los interrogáis por su fe, nadie parece más cristiano que esos herejes. Si observas su modo de vivir, le encontrarás irreprensible en todo; y lo que predica lo prueba con sus obras. Verás que frecuenta la iglesia como testimonio de su fe, honra a los presbíteros, da sus limosnas, se confiesa, participa en los sacramentos. ¿Hay alguien más fiel?

Repasando su vida y costumbres, con nadie es violento, a nadie envuelve, con nadie se sobrepasa. Además palidece por los ayunos, no come su pan de balde, trabaja con sus manos para ganarse la vida”.

Pese al tono irónico del texto, el retrato moral que hace Bernardo de Claraval no puede ser más encomiástico para unos hombres y mujeres que son tachados de herejes y agentes del  diablo.
   
La realidad es que el cristianismo de los cátaros y su forma práctica de vivirlo amenazaba las estructuras dogmáticas de la iglesia ortodoxa, pues los “buenos hombres”, no creían en el bautismo por el agua, ni en la eucaristía, ni en ningún otro sacramento de la iglesia católica romana.


(Continúa en parte 3)

 

 

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