catarismo 4

El catarismo, la religión del amor, - Parte IV

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(Viene de la parte III)

Sobre la cruz y la crucifixión

Una vez más, la cita nos permite comprender cuan alejados estaban los conceptos de ambas iglesias, pero sobre todo, deja entrever, de manera sutil, que los cátaros no entendían en modo alguno la crucifixión de Cristo  en el sentido literal que ha impuesto la iglesia romana, sino como un trabajo de purificación interior, de morir a los deseos y apetitos de mundo, una renuncia al egocentrismo.
   
Los cátaros consideraban que los sufrimientos de Cristo en el Gólgota, fueron muy superiores a los que podría soportar un cuerpo humano, pues “sufrió en espíritu”; y “tuvo las torturas del alma, la agonía de Getsemaní. Pero no murió: un Dios no puede morir”
    
Este es, sin duda, uno de los aspectos más antagónicos de ambas iglesias. Mientras la iglesia romana basa la redención en el hecho histórico acontecido una sola vez  en el Gólgata,  para los cátaros, la muerte de Cristo, es ante todo un echo simbólico  que debe acontecer diariamente en el candidato. Cada hombre que aspira a la salvación, debe  morir al mundo, sus vanidades  y sus deseos. Pues solo por la muerte de los lazos terrenos,  es posible  la “resurrección”, no la resurrección, claro está, del Cristo histórico, sino del Cristo interior, del Dios personal.

Sobre la reencarnación

Los cátaros, por otra parte,  creían en la reencarnación, como se desprende de la deposición de Sibylle Péire ante la Inquisición, donde refiriéndose a los clérigos romanos, dice:

“Que estaban ciegos y sordos, puesto que no veían ni oían la voz de Dios por el momento. Pero al final, aunque a duras penas, llegarían a la comprensión y al conocimiento de su Iglesia, dentro de otros cuerpos en los que reconocerían la verdad”. [i]."

El término “dentro de otros cuerpos”, alude claramente a la necesidad de numerosas reencarnaciones, antes de poder encontrar la verdadera comprensión. Por ello, el mensaje de los cátaros, pese a que a primera vista pueda parecer falto de alegría, era un mensaje lleno de esperanza. Rechazaba de pleno los castigos de un infierno eterno inventado por la iglesia de Roma, y abogaba por la salvación de todos los hombres, tras un inevitable proceso de peregrinaje y purificación del alma, llevado a cabo en diversos cuerpos materiales.
   
Tras lo expuesto, podemos comprender claramente, la animadversión que la Iglesia de Roma ante la Iglesia del Amor, del  Espíritu Santo, la Iglesia cátara.

La Iglesia que huye y perdona y la iglesia que posee y mata

En uno de los muchos  testimonios narrados ante los inquisidores, uno de los testigos cita las palabras que recuerda de las predicaciones de Pierre y Jacques Authié, dos de los últimos cátaros occitanos. En el documento leemos como el Buen Hombre dice:

“Hay dos Iglesias: una huye y perdona. La otra posee y mata, la que huye y perdona es la que sigue el camino recto de los apóstoles: no miente  ni engaña. Y esta Iglesia que posee y mata es la Iglesia romana”.

El hereje me preguntó entonces cuál de las dos Iglesias consideraba yo mejor. Respondí que estaba mal poseer y matar. Entonces el hereje dijo: “Nosotros somos los que seguimos el camino de la verdad, los que huimos y perdonamos”. Le respondí: “ Si de verdad lleváis el camino de verdad de los apóstoles, ¿por qué no predicáis, como hacen los curas, en las iglesias?”

Y el hereje contestó a esto: “Si hiciésemos eso, la Iglesia romana, que nos aborrece, nos quemaría enseguida”.  

Le dije entonces: “Pero, ¿por qué la Iglesia romana os aborrece tanto?”
Y el hereje contestó: “Porque si pudiésemos ir por ahí predicando  libremente, dicha  iglesia romana ya no sería apreciada; en efecto, la gente preferiría escoger nuestra  fe y no la suya, porque no decimos ni predicamos otra cosa que la verdad, mientras que la Iglesia romana dice grandes mentiras”.

Con lo expuesto hemos intentado resaltar los aspectos más significativos de la religión cátara, la religión del Paráclito, la religión del Amor.


[i] Deposición de Sibylle Péire, cita de “Las mujeres cátaras”, pág. 388.

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