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El nudo de las cosas

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No soy muy aficionado a teorías, aunque hay algunas muy bonitas, y para muchas personas significan mucho, o casi todo.

En cualquier caso, prefiero escuchar la ley después de experimentarla; entonces sé que es una ley de verdad. Lo contrario es también correcto: uno confía en un mapa de ruta que puede mostrarnos u orientarnos sobre los pasos a dar, más o menos. Me explico: el mapa siempre sucede en el nivel mental y la mente tiende a crear sus imágenes y pensamientos y puede quedarse en ello fosilizada.

Cuando voy a un museo y me ofrecen una guía auricular no la cojo nunca: quiero enfrentarme al fenómeno con toda mi alma, y para eso no necesito guía, solo mi sensibilidad, mi corazón. Es más, si la exposición me gusta, salgo eufórico: algo o todo han tocado mi alma, mi alma se ha alimentado de esa poderosa vibración.

Es por ello por lo que el arte en general es tan sugerente y nos puede ayudar de forma tan profunda a comprender las cosas.

Un ejemplo: los cielos nocturnos de Van Gogh, el gran artista holandés, el hombre sufridor de la oreja cortada. Podría parecer el dibujo de un niño; es que es como el dibujo de un niño, pintado con esa conciencia, solo que en este caso es un adulto que lo está pasando mal, porque él mismo no comprende la magnitud de lo que percibe. Y, sobre todo, porque ha perdido el dominio de sí.

Entonces, esas volutas enormes llenas de estrellas, ¿son un símbolo, una metáfora de otra cosa, un estado interior? Yo pienso que ese cielo estrellado que pinta Vincent es el cielo que él está viendo, con todos sus movimientos y vibraciones, en un nivel superior de percepción: es la realidad que está presenciando directamente, sin intermediarios, como los dibujos de un niño.

Quiero decir con todo esto que la conciencia está antes que el acto y el acto y la percepción no son sino sus reflejos.

La aventura del cambio de conciencia, de su desarrollo, es que tiene una consecuencia inmediata en la vida que vives y en sus percepciones.

El poeta francés Baudelaire habla en su poema “Correspondances” de la sintonía de la conciencia con todo el universo; obviamente, con el universo con el que conecta nuestra conciencia particular, o del momento.  Entonces, las cosas son símbolos y nos sonríen con miradas cómplices, familiares.

En los templos griegos estaban los dioses realmente. Por eso eran lugares sagrados e iba la gente a hablar con ellos, a pedirles cosas, a prácticas rituales, a todo lo que se va a un templo.  Los dioses ya habían inspirado al arquitecto la proporción áurea que querían para su casa. Las piedras del Partenón ya estaban mucho antes en la mente de la diosa.

La naturaleza. Uno puede verla como paisaje, puede describirla como un biólogo, o puede sumergirse en ella, siendo ella misma. O todo a la vez.

Perderse es hallarse. Entregarse es recuperarse plenamente.

Avanzamos en espiral y cambian los lenguajes a medida que el ojo se torna límpido: entonces es un espejo fiel de las cosas.

¿Y a qué viene esto de los nudos? Los nudos podríamos definirlos como las vibraciones del universo que recibimos y emitimos, cual antenas parabólicas, y que conforman nuestra realidad más evidente, todos nuestros actos.  Siempre se ha dicho que el mejor camino para ser santo es estar al lado de un santo. No tiene por qué ser un santo físico; lo es sobre todo magnético.

Los sufís saben mucho de este tipo de conexiones. El “círculo mágico” era la sociedad secreta en la que todos estaban conectados: el carnicero, el vendedor de especias, el recadero… Normalmente nadie se daba cuenta de lo que se traían entre manos, ni a veces los familiares con los que vivían. Por eso a veces se llevaban la gran sorpresa al ver en el sepelio de su familiar a la plana mayor de la espiritualidad de la ciudad. No sabían que su ser más próximo era un iniciado.

 

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