Peabiru

El Peabiru: el camino desde el interior hasta el océano

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Entre el Océano Pacífico y el Atlántico se encuentra una enorme masa de tierra muy poblada. Las personas que hoy caminan sobre ese continente pueden concebir la enorme extensión que tiene la tierra bajo sus pies. Si quieren llegar a un punto más alejado del continente, es posible hacerlo en automóvil y a través de carreteras que fueron planeadas justamente para eso. Si desean salir del continente para llegar a otro, pueden hacerlo por barco o avión. Todo esto es bastante natural. Lo extraño sería considerar el océano como punto de llegada, y no como mero medio para alcanzar otro continente. En efecto, las personas no son peces: no sobrevivirían en el fondo de las aguas. Necesitamos un lugar donde poner los pies. Probablemente por eso vemos al océano como el espacio que separa a los continentes, raramente notando el hecho obvio de que los continentes también separan el océano.

Los habitantes ancestrales del continente americano, con el mismo interés en explorar el territorio, pero sin disponer de automóviles que hicieran necesario el trazado de carreteras, utilizaban senderos abiertos en el interior del bosque; algunos abiertos por ellos mismos, otros de origen desconocido. Entre los caminos de origen desconocido, estaba uno que impresiona por su extensión y significado espiritual: el Peabiru, que atravesaba buena parte de Sudamérica. De ambigua traducción, la palabra Peabiru es más a menudo entendida como "Camino de césped arrugado" o "Camino de las Montañas del Sol". Considerando los vestigios que existen hoy, se deduce que el Peabiru comenzaba en la costa sur de Brasil, donde hoy se encuentra el Estado de Santa Catarina, pasaba por los Estados de São Paulo y Paraná, seguía por Paraguay, Bolivia, Perú y terminaba en el litoral chileno. También se estima que fue abierto en dirección este-oeste y se sabe que era considerado sagrado por muchos pueblos nativos, incluyendo los guaraníes, la mayor población nativa de Brasil en la actualidad.

Estos datos sugieren que el Peabiru no se limitaba a una ruta de comercio o a una vía de comunicación entre los pueblos. De hecho, Rosana Bond, autora del libro “Historia del Camino de Peabiru”, cree que el camino se relaciona con la ruta que el Sol hace en el cielo. Tal vez la esperanza de llegar al lugar donde el Sol desaparecía había estimulado a los nativos, en diferentes lugares de Sudamérica, a abrir un camino que los llevara allí. A lo largo de los siglos, la unión de pequeños caminos en diferentes tramos del continente pudo haber dado forma al famoso Peabiru. Una línea sobre la tierra que conecta dos partes del inmenso océano. Ciertas inscripciones halladas en algunas partes del camino también ayudan a apreciar su significado espiritual. Apuntaban a los caminantes hacia Iwi Maraê, la Tierra sin Mal.

Para los que recorrieron el Peabiru imbuidos de sentimiento místico, buscando Iwi Maraê o el nido del sol, una clara certeza debe haberse revelado a sus espíritus: el fin del viaje no es la tierra firme. Dejando el océano, llegaron al océano. El agua aún los separaba del astro solar y nada parecido a una tierra sin mal había sido encontrado. Tal vez por eso, el Peabiru se entiende mejor como metáfora de otra cosa, símbolo de un camino interior. Esta conclusión puede extraerse de las enseñanzas de los pueblos guaraníes, para quienes, como ya se ha dicho, el Peabiru era un camino sagrado, debido al hecho de que acompañaba el movimiento del Sol.

Un camino que une dos océanos, que en realidad son uno. El camino que lleva a la tierra sin mal, cuya ubicación no se encuentra en ningún mapa. Sobre esta misteriosa tierra, en la revista Ecos del Alma Brasileña, del Instituto Civitas Solis, - que toma como punto de partida los principios de las tradiciones espirituales de la Humanidad-, leemos lo siguiente:


“[...] esta Tierra sin Males no se reduce a la concepción espacial, a un lugar paradisíaco, sino que es principalmente un estado de ser. Por eso, también se dice que es posible alcanzarla haciendo el cuerpo más ligero, sutil. [...] Era posible que cualquier indio se volviera semejante a los dioses, un hombre divino, superando las limitaciones culturales y alcanzando una condición trascendente”.

 
Acerca del “océano” que circunda los continentes, punto de partida y de llegada del Peabiru, podemos considerar que sintetiza el camino espiritual del ser humano: su objetivo debe ser alcanzar los orígenes. Frecuentemente usado como símbolo de plenitud (océano de la vida, océano de misericordia), el océano constituye el destino de los ríos, y es como un todo formado por incontables gotas de agua, tal como se dice de Dios en relación a sus infinitas criaturas.

La contemplación de cosas grandiosas es una de las aberturas por donde despierta en el ser humano el sentimiento de lo sublime. La inmensidad del océano, la inmensidad de los bosques, la inmensidad del cielo, del Sol y de la Luna - eran muchas las fuentes de lo sublime disponibles para el nativo sudamericano. Hoy, aunque el Peabiru no existe como lugar concreto, pues quedan apenas vestigios de ciertos pasajes del camino, la imagen que concebimos de él es suficientemente grandiosa para despertar en nosotros el sentimiento de lo sublime, para que el camino y su ideal se proyecten en nuestras consciencias.

¿Qué comparte el actual habitante de este continente con sus ancestros? En cierto sentido, los dos comparten la tierra y la historia, pero en grado tan pequeño que no se puede hablar de una identidad común teniendo como base solo estos factores. Sin embargo, la idea de una identidad común a ambos es tan irresistible que estamos obligados a dar un paso adelante y arriesgar: los hombres de entonces y de ahora comparten un anhelo que surge del núcleo de la propia alma y va dirigido a la fuente de todo ser; ellos comparten un destino, expresado por la imagen del Sol flotando sobre el océano; comparten un camino, trazado y batido en la propia materia, pero también inscrito en sus corazones.

 

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