Ray

El rayo tiene un doble centro

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¿De qué somos conscientes en este momento? Tal vez todos, normalmente, solo vivimos a medias, inconscientes de la otra mitad. El segundo centro sigue siendo desconocido. Pero late y suspira suavemente todo el tiempo. ¿Crees que eso podría ser así?

La doble naturaleza causa inquietud, excitación del alma y una conversación interior. Tal vez ya hay alguien escuchando atentamente, que oye: Hola, ¿alguien ahí fuera? Espero no haber sido olvidado... Siempre llega un momento en que nos encontramos. Y cuando nos encontramos, entonces me reconoces. Al permitirme ser reconocido, tú también te reconocerás a ti mismo. Pero no sucede de acuerdo a como te imaginas. Nuestras reuniones no están programadas por usted. Hay un plan diferente. El plan se desarrolla desde un gran centro que emite rayos. Y... cada rayo tiene un doble centro.

El mundo entero es radiación. La materia es energía. Todo está impregnado por rayos vibratorios. Si como dice Comenio, cada rayo tiene un doble centro, entonces significa que la naturaleza del universo, el hombre y el macrocosmos es doble. Hay dos esencias una al lado de la otra, dos cualidades, dos órdenes, dos matrices.

Comenio amplía esta idea: "[...] La general o común, la que se agota y a la que se regresa. La otra es la suya [...] La común, que es Dios, el creador y mantenedor de todo, y la otra, la suya, que es su naturaleza dada por Dios"[1].

Hay dos mundos paralelos que emergen de dos centros. El primero es llevado por el rayo de la eternidad, el otro comprende la variabilidad y la fugacidad.

Cuando el rayo de la eternidad vibra dentro de un ser humano, puede ser agradable y calmante o, por el contrario, nos saca de la vida cotidiana o causa una crisis. Nuestros sentimientos realmente no importan, son solo un fenómeno que acompaña a una acción interior más profunda. Básicamente es un choque de dos rayos y núcleos diferentes, dos matrices. Conocemos muy bien la vibración del transitorio, estamos bien establecidos en él. Existe también la vibración del eterno, pero no todo el mundo es consciente de ello. Nos está llamando, tal vez de todos lados. Está en todo ser humano, en toda creación. Si lo escuchamos, nos guiará y corregirá la rotación de todos los rayos que se han alejado del centro original. La resonancia interna muestra que todo comienza en armonía con el centro de la eternidad.

Imagine una gota de agua cayendo sobre la superficie del agua. A medida que la gota cae en el agua, la superficie plana, tranquila e inmóvil, ondula y forma ondas circulares que se extienden desde el centro en todas las direcciones. Un círculo sigue a otro círculo. Los círculos más cercanos al centro se extienden en el espacio y los más distantes apenas son visibles. Sin embargo, todos llevan la información original y corresponden a la vibración y a la energía del centro.

Absolutamente todo ser humano y humanidad en general reside en uno de los círculos que vibran desde el centro. Algunas personas están más cerca del centro, otras están en un círculo más lejano. Todos están incluidos. Nadie se queda fuera. Cada ser humano lleva la información del centro. Alguien ya vive conscientemente desde el centro de la eternidad. Y otro, hasta ahora, no. Todos los círculos resuenan con su centro. Es solo cuestión de tiempo hasta que todos seamos plenamente conscientes del centro de la eternidad. Es una regla.

La seguridad y la protección emanan del centro de la eternidad, escribió Comenio. Y esto es exactamente lo que se puede ver en esta regla.

Vivimos en nuestros propios centros, que no son sólidos y están sujetos a desviaciones considerables. El propio centro de uno es, a saber, egocéntrico. Y sabemos lo vinculante y ciego que es el egocentrismo. Naturalmente, no puede ser de otra manera, porque cualquier otro centro que nos gustaría captar, aparte del centro de la eternidad, el centro del comienzo de toda la creación, no tendrá las cualidades de energía y poder creativo iniciales puros. Con nuestros esfuerzos egocéntricos, nos encontramos en círculos viciosos que no resuenan con la vibración del centro de la eternidad.

¿No es la libertad del hombre decidir y elegir constantemente en qué centro colocaremos nuestro ancla? ¿No es la vida preguntar constantemente lo que deseamos, cómo pensamos y qué hacemos?

¿No es como si con cada paso que damos nos encontráramos en la encrucijada de las olas?


[1] Comenio, Juan Amos: El Centro de la Seguridad. Épsilon, 2001.

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