Franz Kafka

Franz Kafka, mi hermano

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La Metamorfosis de Frank Kafka [1]  empieza con un abrumador “Cuando G. despertó de un intranquilo sueño se vio convertido en un monstruoso insecto”.

No estamos acostumbrados a que alguien nos hable tan directamente. Que ponga ya en primer plano nuestra animalidad, pero no ya la que traemos de fábrica, sino una que ha ido formándose a lo largo del tiempo y en ese terrible despertar se ha hecho visible como una fatalidad irremediable.

Cabría preguntarse cómo ha llegado a ese estado un muchacho normal, viajante de telas, cuyas aspiraciones no son otras que las del hombre común. Toda la literatura del siglo XX abandonó casi para siempre -pero ahí está la maravillosa saga de Tolkien- los héroes, caballeros, burgueses y marquesas, para centrarse en el hombre de todos los días. No es de extrañar: en el siglo de la democracia -un hombre, un voto; más tarde, una mujer, un voto- el héroe recorre calles y plazas, pilota aeronaves o barcas de madera, pero su corazón es común, limitado, sujeto a las contingencias de la vida y con un programa materialista muy presente: hasta su anhelo de las estrellas toma la forma de un viaje espacial, en una aeronave llena de botones.

Gregor trabaja porque ha de pagar una deuda familiar, un karma adherido a su piel que le obliga a un sometimiento inhumano a una empresa -que lo amenaza con un castigo por no presentarse un día a su trabajo a las cinco de la mañana, la primera vez  en cinco años. Gregor no puede estar allí porque un escarabajo gigante ha tomado forma en él, y un insecto de dichas dimensiones casi no puede salir de la cama y a duras penas abre con la mandíbula la puerta de su cuarto. Cuando esto sucede toda la familia -padre, madre, hermana- y el responsable de la empresa pueden ver directamente el engendro, el monstruo en que ha devenido este muchacho tímido que tiene apenas colgada en su cuarto una fotografía de una mujer insinuante recortada de una revista. Todos, sin darse cuenta, han visto el subconsciente encarnado, el gólem que nosotros mismos hemos creado. Y ello les horroriza porque no lo comprenden.

Los dos niveles de realidad son incompatibles.

El encargado de la empresa sale pitando escaleras abajo como alma que lleva el diablo, -se ha abierto la caja de Pandora, el subconsciente, y él quiere ponerse a salvo- y la familia se prepara para digerir tamaña fatalidad. 

Ni que decir tiene que el lector se ve empujado a vivir él también esta deriva alucinante en que el relato lo sumerge nada más comenzar.

En el fondo de su corazón G. piensa que si pierde el trabajo no está nada mal y su conversión en insecto la lleva como puede, adaptándose: se permite hasta alguna risa ante la novedosa situación. De todas formas siente una gran culpa por privar a su familia del sustento seguro que era su salario y ahora tendrá que apañárselas. Así que ha recibido en herencia una deuda y una culpa por huir inconscientemente de ella.

La conversión en insecto al despertar nos trae ecos de la caída primordial, esa caída en el cuerpo que es nuestra existencia material.  El karma -la deuda- familiar está ahí para recordar su esclavitud. Y, por otro lado, la culpa, para entrar en el laberinto, no en forma de  minotauro, sino de escarabajo.

A diferencia de héroes más afortunados, G. no tiene ninguna fuerza sobrenatural que lo asista; apenas su consciencia aguda de la transformación, que vive con cierto desapego -de la familia, que lo ha explotado durante años- y de la vida en general.   Poco a poco se va despidiendo del mundo, cada día más animal y menos hombre.  Muere y es arrojado a la basura, como un desperdicio, mientras su familia, tras el trauma, empieza una nueva vida. “Ese no era ya Gregor, dice la hermana en un momento, y había que deshacerse de él”.

El hondo simbolismo de esta obra, contada en menos de cien páginas, no es fácilmente asimilable, toda vez que Kafka nos presenta en todas sus obras no la realidad tal como nosotros la percibimos, sino la verdad desnuda, el esqueleto de la verdad.

Este es el destino que espera al hombre alienado del siglo XX y siguientes: la paliza y la culpa. Podría salvarle la rebelión, el anhelo de libertad, pero la tela de araña es tan espesa, que se deja morir como un héroe derrotado.

Pero esa derrota -la aceptación de su devenir hacia un ser inconsistente en el barullo de una humanidad ávida de monedas- es una victoria espiritual, de una humildad desbordante, sin límites, que lleva implícita una verdad.

Gregor ha vivido con dignidad la vida que le ha tocado e, incapaz de esconder por más tiempo su verdad más profunda, de un día para otro muestra su cuarto oscuro, se convierte en un bicho raro que sobra en el seno de una humanidad que lo rechaza e ignora.

Kafka ha comprendido todos los estados: la caída, el horror de la existencia alienada, la ignorancia del ser humano y, por consiguiente, la absoluta falta de amor.

Él incluso ha renunciado a una vida conyugal, por ser esta incompatible con su labor de escritor, que le exige todas sus energías y una soledad purificadora  donde forjar su visión de la existencia, que no es otra que la de construir maquetas y mostrárnoslas para escarnio de nuestra crueldad e indiferencia.

No vivió mucho, apenas 34 años, la tuberculosis fue minando su vida. Tampoco hubiera durado mucho un judío de Praga en aquellos años terribles. Sus hermanas acabaron en un campo de exterminio nazi.

La radiografía del totalitarismo -el ego en su forma más extrema- y su consecuente afán de destrucción ya la había expuesto con todo detalle. Y al poco se echó a morir

con la libertad de los justos, sin aspavientos, como mueren los pájaros con un golpe de calor.

[1] Frank Kafka, Die Verwandlung [Metamorphosis], Kurt Wolf Verlag, Leipzig 1915

 

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