Alfred Bast_ Kraft und Gestalt

Hombre y mujer - Transmutación por la devoción

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Muchas veces en mi vida he experimentado una gran desesperación. En la mayoría de los casos fueron principalmente crisis relacionadas con la sociedad y el matrimonio, desenmascarando despiadadamente a dos personas que, por un lado, se sienten profundamente unidas, pero por otro lado, son tan diferentes en términos de pensamiento y patrones de comportamiento que muestra inevitablemente constantes tensiones, fricciones, conflictos  y sensación de «desazón».
Durante muchos años he sufrido, mi dolor me está carcomiendo desde dentro. He echado la culpa a mi pareja y, ocasionalmente, a mí mismo. He leído muchos libros, he tenido muchas charlas con buenos amigos e incluso he asistido a terapia. Ahora sé que en la raíz de todo eso estaba mi profundo deseo de entender:
¿Cuál es el verdadero y más profundo sentido de la interacción hombre-mujer?

Pronto me di cuenta de que los muchos consejeros psicológicos y terapéuticos siempre habían llegado a un límite. Sin embargo, todos ellos podían describir con bastante exactitud y a menudo de un modo humorístico los diferentes patrones básicos de «hombre» y «mujer». Tenían un gran valor de reconocimiento y podían ampliar el entendimiento de la alteridad de la pareja. Pero no pudieron dejar suficientemente claro cuál es la idea más profunda y significativa de la relación entre hombre y mujer.

Leyendo a C.G. Jung encontré la siguiente frase:

La conjunción de dos personalidades es como la mezcla de dos cuerpos diferentes:
"Si se establece una conexión, los dos cambian." (C.G. Jung, Mysterium coniunctionis)

Jung sugiere que las contrapartes masculinas y femeninas pueden ser transmutadas  por su devoción mutua, por su mezcla. Señala un proceso creativo cuyo resultado podría ser algo totalmente nuevo.
Hoy en día, por "devoción" entendemos la dedicación física del hombre y la mujer. Los terapeutas de parejas modernos, como Wolfgang Gädecke, señalan con insistencia una paradoja que muchas parejas no tienen en cuenta. A pesar de que ambos socios sienten una fuerte atracción sexual y anhelan la culminación y la fusión, a menudo experimentan una dolorosa separación y alienación debido a la "fuerza de su incipiente y desordenado deseo de placer". El deseo siempre tiene un aspecto personal y egoísta. A menudo no conduce precisamente a la deseada devoción y unificación, a la supresión de todas las barreras divisorias, sino que también puede hacer que cada una de las partes se encariñe más con uno mismo. Por lo tanto, la idea de la devoción entre el hombre y la mujer, para que sea gratificante, debe obviamente incluir, además del plano físico, lo que llamamos los niveles emocionales y espirituales.

“La pureza del alma depende de que sea limpiada de una vida dividida y de que entre en una vida que está en la unidad." (Maestro Eckhart)

Como seres de carne y hueso, como seres humanos de esta época, en este mundo de opuestos, siempre estamos, en cierto modo, expuestos a la “des-conexión”, a los “des-acuerdos”, a la “des-azón”. En estos dolorosos procesos, también a nivel psicológico, experimentamos nuestra incompleta existencia e imperfección emocional y física. Incluso la pareja más cariñosa y comprensiva no puede compensar esta "deficiencia fundamental" - y ese tampoco es su trabajo. Nuestra alma está dominada por las fuerzas gemelas de la naturaleza ("bien" y "mal"). Esto causa tristeza y sufrimiento, pero de esta manera se está desarrollando gradualmente una consciencia de nosotros mismos y una capacidad de diferenciación. Posiblemente sufrimos por nuestra expulsión. Podemos percibir nuestra propia división - y tal vez en su momento descubramos que detrás de nuestro bien conocido "yo", causante de la separación, hay un "no yo" dedicado a la unidad, que quiere ser resucitado.

Este no-yo anhela ser liberado de su opresivo ego - en cada hombre, en cada mujer. El hombre y la mujer tienen una gran tarea que cumplir juntos. El hombre y la mujer pueden ayudarse mutuamente en esta devoción al no-yo más íntimo que cada uno de ellos debe desarrollar. El amor "terrenal" entre hombre y mujer, su devoción mutua, siempre llega a una frontera. Es una etapa preliminar, un "campo de ejercicio" por así decirlo, para la devoción al no-yo.

Esto clarifica la dimensión espiritual de la cooperación hombre-mujer. En cada hombre, en cada mujer, hay una chispa divina encendida en el inicio de la creación por la interacción de los polos "masculino" y "femenino". A partir de este elemento de fuego, integrado en cada ser humano, quiere desarrollarse un "niño espiritual", una "creación" totalmente nueva.

Esto es a lo que Nietzsche se refiere cuando pregunta:

«¿Eres un hombre al que le sea lícito desear para sí un hijo?

¿Eres tú el victorioso, el domeñador de ti mismo, el soberano de los sentidos, el señor de tus virtudes?

¿O hablan en tu deseo el animal y la necesidad?  [...]

Yo quiero que tu victoria y tu libertad anhelen un hijo.  […]

Por encima de ti debes construir. Pero antes tienes que estar construido tú mismo, cuadrado de cuerpo y de alma.

¡No debes propagarte sólo al mismo nivel, sino hacia arriba!

¡Ayúdete para ello el jardín del matrimonio!

Un cuerpo más elevado debes crear, un primer movimiento, una rueda que gire por sí misma, – un creador debes tú crear.

Matrimonio: así llamo yo la voluntad de dos de crear uno que sea más que quienes lo crearon. Respeto recíproco llamo yo al matrimonio, entre quienes desean eso.

Sea ése el sentido y la verdad de tu matrimonio. Pero lo que llaman matrimonio los demasiados, esos superfluos, – ay, ¿cómo lo llamo yo?»

 Nietzsche, Así habló Zarathustra

En su estructura espiritual, el ser humano original era un creador, una imagen de la entidad divina padre-madre (Osiris-Isis). Los escritos de los grandes maestros gnósticos ilustran el principio fundamental de toda creación desde el primer momento: un ser divino padre-madre transforma al "ser humano andrógeno original". Su nombre masculino es "Mente Perfecta", y su nombre femenino es "Sophia, la que da a luz todo lo sabio". Todas las demás creaciones que emanan de este humano inmortal y original se producen por la armonía entre los polos "masculino" y "femenino". Sin embargo, este principio fundamental ha sido violado en el pasado. Entonces surgieron las entidades cuyas creaciones no eran más que obra de uno de los polos. Se produjo una perturbación en la interacción de "hombres y mujeres" - y todos los demás procesos de creación (incluido el hombre actual) se revelaron como imperfectos.(J Slavenburg, Una clave para la Gnosis, Haarlem/Birnbach 2003).

Si profundizamos en este contexto inmenso y lo hacemos aparecer en nuestra intuición, en lugar de inventarlo intelectualmente como un mito de creación o la teoría del nacimiento, podemos adivinar la magnitud de la relación hombre-mujer. Nosotros, los humanos de hoy - como hombres, como mujeres - somos criaturas imperfectas, casi inacabadas, a las que siempre les falta algo. Sin embargo, el reconocimiento de esta carencia no debe hacernos desilusionarnos. Consciente de nuestra "desazón", el elemento de luz divino que se encuentra dentro de nosotros puede crear un alma nueva que reúna los principios "masculinos" y "femeninos", "cabeza" y "corazón". El hombre y la mujer pueden participar en una devoción mutua por su transformación, su "redención". Pueden liberar al ser humano original, que se encuentra en su interior, la unidad de la "mente perfecta" y de la “sabia Sophia, la que da a luz”.

Oh unificación,
unidad del niño,
niño, viviendo en los viejos todavía.

Vida perfecta de la vida
que nos dio la vida.

Oh, seremos lo que éramos
y que son inescrutables,
ni un hombre, ni una mujer,
sino uno.

- Erik van Roysbeek, Reflexión poética sobre el versículo 4 del Evangelio según Tomás

 

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