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La crisis

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Nuestras vidas han cambiado, quizás para siempre, de muchas maneras; y ello plantea muchas preguntas.

Preguntas sobre el pasado: “¿Dónde se originó el coronavirus? ¿A quién culpar?”  O sobre el futuro: “¿Qué va a pasar conmigo, con mi familia? ¿Qué va a pasar con la humanidad en su conjunto?”

Estas preguntas son comprensibles, pero no nos liberan de nuestros miedos y resistencias. Si pudiéramos responder a las preguntas que formulamos del pasado, la situación actual no cambiaría.

Y en cuanto a las preguntas que planteamos sobre el futuro, el curso de los acontecimientos nos mostrará finalmente las posibles respuestas.

Existe un conocido refrán: “No hay mal que por bien no venga”. En cada crisis existe una oportunidad. Por esta razón, una gran crisis puede implicar una gran oportunidad.

Consideremos la situación desde la perspectiva de quien recorre un camino espiritual. Casi todo el mundo experimenta cómo su realidad se ve sacudida, a veces por pequeñeces, a veces por asuntos más graves.

Si logramos aceptar una situación incondicionalmente, no solo la actual, sino cualquier situación que la vida nos traiga, tal como es, podemos cambiar algo interiormente. Reconocemos nuestros miedos como parte de nuestro propio ser, aceptándolos finalmente. Consideramos nuestros deseos, nuestras ideas, nuestro estilo de vida anterior, que también son parte de nosotros mismos. Nos damos cuenta de que muchas cosas que antes creíamos de suma importancia, de repente ya no son posibles y nuestra autoestima podría empezar a flaquear.

Una nueva visión de la vida es posible.

¿Qué implica esto? La calma puede llegar, así como el silencio interior.

Una nueva visión de la vida es posible.

Puede que todo se pierda, incluso tu vida puede terminar antes de lo que quisieras.

Si lo aceptamos, tendremos un espacio, un lugar más tranquilo. Podemos adentrarnos en lo más profundo de nuestro ser; probablemente no lo logremos al instante -se requiere un poco de práctica-. Preparémonos para ello leyendo un texto adecuado, quizás un buen poema, o escuchando una música sosegada. Entonces la mente puede llegar a calmarse.

¿Qué puede surgir de tal estado meditativo? ¿Qué podría surgir de lo más profundo de nuestro ser interior? No tengamos expectativas. Lo primero que experimentamos es oscuridad, posiblemente seguida de una maraña de pensamientos y sensaciones. Para que pasen y desaparezcan centrémonos en algo más profundo, algo que no conocemos.

Del silencio interior surge lo que llamamos consciencia. Es como una estrella en la oscuridad que difunde una especie de luz, la luz de la consciencia de lo que somos. Te vuelves consciente de tu existencia.

Dejemos que eso trabaje dentro de nosotros.  

La mente consciente contiene un manantial; nos acercamos a ella con una intención espiritual, y al hacerlo, descubrimos algo grande. La fuente que hay dentro de mí, junto a la fuente de la consciencia, fluye hacia otras personas.

Sólo hay una fuente universal de consciencia para todos los seres humanos; nuestro ser más íntimo toca el ser más íntimo de cualquier persona.

Estamos más profundamente unidos de lo que nunca creímos posible. En el fondo de nuestra existencia, existe una consciencia única y completa. Y de ella, en cada momento, cada uno obtiene su propia consciencia.  

Y lo que es más, compartimos una vida única que lo abarca todo, y de ella cada uno, en cada momento, obtiene la vida que desea.

A medida que este descubrimiento se filtra en nosotros, empezamos a vernos a nosotros mismos y a los demás con nuevos ojos, dándonos cuenta de que, en un nivel muy profundo, fundamental, somos literalmente hermanos y hermanas.

De hecho, la gran crisis puede contribuir a que nuestra experiencia interior sea más rica y profunda.

 

 

 

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