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La Diosa

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  La Era de Acuario, en la que estamos entrando, incide de manera muy determinante en lo que podríamos denominar “la búsqueda de lo femenino”, o de los “arquetipos femeninos”. Como resultado, al tiempo que el modelo de una sociedad patriarcal se debate en una profunda crisis, “la Diosa” ha comenzado a recobrar su antiguo estatus.  No se trata tan solo de la equiparación de los valores, derechos y posición social de ambos sexos, sino de un profundo cambio cultural y espiritual, en el que los aspectos femeninos del alma (imprescindibles en todo proceso de autorrealización) comienzan a cobrar el valor que merecen.

  Tampoco se trata, claro está, de imponer “lo femenino” a “lo masculino”, sino de la imprescindible síntesis de ambos.

  No es fácil acotar y definir lo que abarca la imagen de “la Diosa”. Si tuviéramos que sintetizarlo en pocas palabras, diríamos que la Diosa encarna todos los procesos de la naturaleza: creación, fertilidad, maternidad, sexualidad… Pero también aspectos que van más allá, aspectos arquetípicos asociados con nuestra propia mente e, igualmente con nuestra psique (el alma).

Isis
@Pinterest CC0

 

  Lo primero de lo que nos damos cuenta es que la manifestación de la Diosa comprende formas y estados muy diversos. No es posible encerrarla en los estereotipos asociados con lo que, popularmente, se acostumbra a definir como  “feminidad”, pues se trata de algo mucho más complejo, que comprende aspectos como el nacimiento (la vida), la subsistencia, y la destrucción (la muerte).

  En tal sentido, la Diosa abarca la totalidad de los opuestos, incluido lo masculino y lo femenino, lo que da la vida y lo que la quita.
 
  En la mitología griega, el arquetipo de la Gran Madre, en cuanto personificación de la Madre Tierra, estuvo representado por Gea o Gaia (Tierra), la primera creación cósmica tras el Caos inicial (aquello indefinible que existía con anterioridad a todo, y equiparable a la gran oscuridad informe):

“Antes que todas las cosas fue Caos; –escribe Hesíodo en su Teogonía–, y después Gea la de amplio seno, asiento siempre sólido de todos los Inmortales que habitan las cumbres del nevado Olimpo y el Tártaro sombrío…”

   En tal sentido, parece evidente que Gaia hace referencia a la primera emanación del Inmanifestado (Caos) o, dicho de otro modo, a su primera manifestación en cuanto materia cósmica que, con posterioridad, dará origen a los cielos (Urano) y las aguas (Ponto).
 
 Así, en su aspecto más elevado, Gaia es vista como la matriz de todo lo viviente (incluyendo los cielos, los dioses del Olimpo y las aguas). En sus aspectos más densos, son los cuerpos de la Tierra.  Hacemos alusión  a “cuerpos”, dado que la Tierra, al igual que el ser humano, dispone de siete cuerpos o envolturas.
   
 Con posterioridad, Gaia fue sustituida por su hija Rea, a veces también llamada Cibeles, diosa frigia, que  fue adorada en Roma como Magna Mater, la “Gran Madre”, e identificada con Ceres, la diosa romana de la agricultura, equivalente a la griega Deméter (Demeter  y su hija Perséfone fueron  personajes centrales de los misterios eleusinos).

  La Diosa y su culto presentaron numerosas denominaciones, si bien se trata siempre de una misma esencia, que abarca tanto lo que podemos denominar materia-físico densa, como materia-anímica. El culto a la Diosa Madre, al menos en su aspecto gnóstico  y más luminoso,  nos ha llegado, particularmente, a través de la diosa egipcia  Isis.

   La creadora de la teosofía, H. P. Blavatsky, nos dice al respecto:

  Como diosa de misterio, se la representa generalmente con el rostro cubierto de un velo impenetrable, y en el frontispicio de su templo en Sais se veían escritas las siguientes palabras: “Soy todo lo que ha sido, es y será, y ningún mortal ha quitado jamás todavía el velo que oculta mi divinidad a los ojos humanos”. (H. P. Blavatsky, Glosario teosófico)

La imagen de Isis como madre dando el pecho a su hijo, fue  adoptada por el cristianismo, bajo las numerosas representaciones de la virgen de la leche (versión cristiana de Isis amamantando a Horus), y de la virgen María con Jesús en brazos. Pero si bien la imagen de la Diosa pervivió oculta en las tradiciones esotéricas,  la sociedad (al  menos en el denominado primer mundo) terminó por estructurarse  en base a un claro predominio del racionalismo masculino, frente a su contrapunto femenino. El resultado, como resulta obvio, es una sociedad carente, en buena parte, de los valores afectivos y, en particular, del reconocimiento de nuestro hábitat, la Tierra, y todo lo que conforma el ámbito terrestre, como sagrado.

   De hecho, pocos hoy en día son capaces  de percibir a la Tierra como la “Diosa madre”, como un todo orgánico vinculado con el Logos Solar, una unidad sagrada y viva que nos da la vida  y a la que, mal que pese a algunos, necesitamos para seguir viviendo.
 
  El carácter sagrado de la Madre Tierra se ha perdido y, seguramente hoy más que nunca, es necesario recuperarlo. Vivimos una época en que la Naturaleza se ha desacralizado por completo, donde la Tierra  no se percibe como un ser vivo, sino como algo que se puede explotar sin ningún tipo de miramiento, en provecho, casi siempre, de unos pocos. No es casual, por ello, que la contaminación de las aguas, de la tierra y del aire, alcance en nuestros días un punto crítico, que amenaza con volverse una verdadera catástrofe para todos cuantos compartimos el planeta azul.

   Al  profundizar en el mito de la diosa, tal vez podamos  comprender qué aspectos espirituales laten en el mismo, así como tomar consciencia  de cómo tales aspectos espirituales fueron perdiéndose a favor de un dios masculino que, lejos de armonizarse con la Naturaleza, optó por intentar someterla  y, a la larga, derivó  en la oposición entre espíritu y materia. Tal oposición ha dado lugar a la creencia de que el mundo espiritual y el mundo físico se encuentran totalmente alejados, suponiendo que, de hecho, pertenecen a realidades diferentes y contrapuestas. Sin embargo, y pese a que la doctrina del dualismo ha marcado profundamente tanto el alma humana como la forma de acercarse a lo sagrado,  podemos decir que el espíritu y la materia no están en guerra. Tampoco el espíritu y la carne, dado que lo divino se encuentra en lo humano, al igual que en cualquier sitio u objeto que podamos abarcar con nuestras miradas. No hay nada, ni podrá haberlo nunca, que no sea divino. Sin embargo, con cuánta frecuencia se intenta separar “lo de arriba”  y “lo de abajo”, lo terrestre y lo celeste, dando por supuesto que “lo de arriba” o celeste es bueno, y “lo de abajo” o terrestre está contaminado por “el pecado”. Tal modo de enfocar la vida, responde únicamente a nuestra visión dualista, a una falta de conciencia de la Unidad que todo lo engloba. Por supuesto, en el proceso que llamamos espiritual, más tarde o más temprano, el candidato es confrontado con tal dicotomía. Y lo cierto es que son pocos quienes, tras afrontar la aparente dualidad entre el cuerpo y el espíritu, son capaces de derribar dicho tabú  y se atreven  a vivir con plenitud en el cuerpo, sabiendo que el mismo no es sino un aspecto (sin duda el más denso y, por ende, más oscuro) de la realidad luminosa del verdadero Ser.

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