Egypt

Las Manos del Alma - parte 1

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Al alma del hombre recibió dos manos: la izquierda debía extenderse arriba hacia el Espíritu, y la derecha, mantenida hacia abajo, debía bendecir la tierra, transmitirle la fuerza y el poder de los mundos celestiales, para que lo de abajo fuera tan sublime y lleno de esplendor como lo de arriba. Debía convertirse en el espejo que reflejara a Maat, la Ley cósmica de justicia y equilibrio trazada en el mundo material.

Ser el vínculo entre el mundo espiritual y la materia, ese era y es el destino del alma. El cumplimiento de este destino, sin embargo, es una cuestión de futuro. El alma del hombre moderno está tejida con éteres pertenecientes al mundo de la Naturaleza, no lo suficientemente nobles para convertirse en la "novia" del Espíritu.

Maat

La diosa egipcia Maat, que se puede identificar con la Palabra divina, el Logos, el Plan, se representaba como una mujer arrodillada con las manos aladas, una apuntando al cielo y la otra al suelo. La cabeza de la diosa estaba decorada con una pluma de avestruz llamada "shut", derivada de la palabra Shu, que también era el nombre del dios del aire, de la tierra y del cielo y significaba "espacio luminoso". Tras de la muerte de una persona, la diosa Maat ponía esta pluma en una balanza y el corazón en la otra. Si el corazón, que según los egipcios era la sede del alma y la conciencia, era más pesado que la pluma (es decir, impuro), la persona era devorada por Ammut, un monstruo que era un cruce entre un hipopótamo, un cocodrilo y un león. Si la balanza estaba en equilibrio durante el pesaje, significaba la pureza y la impecabilidad del corazón, y el alma humana podía conectarse con Osiris, el Espíritu, y vivir para siempre en el Paraíso. Anubis (el dios del inframundo) y Thoth (el gran maestro de la humanidad) cuyo nombre griego es Hermes, participaban en el proceso de pesaje.

Los mitos egipcios pueden parecernos fábulas, creadas por gente sencilla para explicar los misterios de la vida y la muerte. El iniciado, sin embargo, reconocerá en ellos el conocimiento de los misterios transmitido de manera velada, que es el fundamento del cristianismo interior y místico, cuyo objetivo es transformar completamente el alma humana para que pueda unirse con el Espíritu.

¿Vida después de la muerte?

Hablando en el lenguaje del mito egipcio, podemos decir que el "corazón" de cada persona moderna promedio es devorado por el monstruo Ammut después de la muerte. Traduciendo esto al lenguaje esotérico, diremos que la conciencia de tal persona se disipa; su personalidad se descompone gradualmente, y los éteres "impuros" y contaminados que la constituyen, hechos de oxígeno, hidrógeno y carbono, se unen a los éteres pertenecientes al mundo de la Naturaleza y a los elementos: agua (representada en el mito por un cocodrilo), fuego ( simbolizado por un león) y tierra (por el hipopótamo). Aquí podemos notar la falta del cuarto elemento que construye la personalidad humana, a saber, el aire, representado por el nitrógeno. Esto no es de ninguna manera una coincidencia. Esto significa que el corazón humano carecía de espiritualidad; estaba completamente lleno de pasiones y deseos (fuego), emociones (agua) y codicia y una actitud materialista (tierra) y por lo tanto era pesado y pertenecía al mundo físico. Sólo el corazón, que llevaba en sí mismo el aliento luminoso del Shu, era ligero como una pluma y digno de conectar con Osiris.

La pluma de avestruz simbolizaba la conmovedora conciencia humana. El avestruz, como ave no voladora, representa el alma humana que pertenece a la tierra. Sin embargo, es un ave con plumas, que son un atributo del aire, lo que significa que el alma, a través de su orientación y trabajo sobre sí misma, se ha purificado y ennoblecido, y ha desarrollado plenamente el cuerpo mental (plumas de avestruz) para poder conectar con el Espíritu.

Esta profundidad del mito egipcio es atemporal. Y si tan solo tuviéramos oídos para oír, ojos para ver y corazón para entender, comprenderíamos que estamos llamados a vivir en una realidad superior a la terrenal. Ser devorado por el monstruo Ammut recuerda un poco al Jonás bíblico, quien fue tragado por una ballena. Aquí podemos encontrar una referencia al microcosmos humano apegado a la tierra, condenado a encarnar constantemente en el mundo material – un encarcelamiento que durará hasta que el ser humano despierte y comience a anhelar el mundo del Espíritu.

Adán contemporáneo

Sin embargo, la liberación del campo magnético de la Tierra no se logrará mediante la evolución natural. El hombre contemporáneo no se convertirá por sí mismo en la imagen de Maat, el portador de la Palabra, el Hijo de Dios, Cristóbal. En la etapa actual de su desarrollo, se parece al Adán del fresco pintado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. El cuerpo semirreclinado de Adán, pertenece casi enteramente a la Tierra, y el dedo que tiende hacia Dios es débil, perezoso y pasivo. Toda la figura de este hombre expresa indolencia, pereza, amor por la comodidad. La posición horizontal muestra apego a la materia y renuencia a tratar asuntos superiores.

En la era de Acuario, la gente está despertando masivamente de la preocupación hipnótica por los asuntos del mundo físico. Hablando en sentido figurado, estiran su dedo índice y lo apuntan hacia el Espíritu;  sin embargo, no se dan cuenta de que siguen "recostados"; que corporalmente (también nos referimos a los cuerpos sutiles) todavía pertenecen a la tierra. Porque hasta que el ser humano comprenda su condición, llegue a conocer el camino de la liberación y haga la Gran Obra en sí mismo, su corazón pertenecerá a Ammut; estará sujeto a la ley del karma y su microcosmos girará en un círculo vicioso de incesantes encarnaciones.

¿Cómo liberarse?

La primera condición para la liberación es tomar consciencia de que estamos en una prisión, lo que mucha gente llama hoy en día la Matrix (Matriz). Sin embargo, no se trata de una "matriz divina", sino de un mundo creado de sustancia mental luminosa, que opera en las bajas frecuencias del miedo, de la separación, la falta de luz (es decir, del conocimiento) y la falta de amor. Las almas atrapadas en este mundo no pueden superar esta barrera vibratoria. A pesar del arduo trabajo en sí mismos, no pueden erradicar su naturaleza egocéntrica; no pueden trascender su tendencia a la percepción dual de la realidad; no pueden amar incondicionalmente y vivir sin miedo. Aunque a nivel mental saben lo que deberían ser, son incapaces de poner en práctica estos elevados ideales. Hay un momento bendito en el que una persona llega a l punto en el que se da cuenta de que ya ha probado todos los métodos de autodesarrollo conocidos, se ha sometido a todas las terapias posibles, ha asistido a una gran cantidad de talleres, ha acumulado enorme conocimiento, pero a pesar de ello, la maldad, el miedo y el sufrimiento siguen presentes. En este punto, es vagamente consciente de que necesita ayuda para liberarse. Este estado psicológico está bien reflejado en las palabras bíblicas del Salmo 121: “Alzo mis ojos a las montes. ¿De dónde vendrá mi ayuda?"

(Continúa en la 2ª parte)

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