perception

Nuevos ojos revelan un mundo diferente

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Percibimos aquello que pensamos. Todo lo que vemos refleja el sentido que damos a las cosas. El mundo que creemos percibir como una realidad exterior a nosotros es, realmente, el espejo de nuestra mente. Y dado que nuestro proceso del pensamiento tiene lugar en nuestra mente, el mundo nos muestra nuestro estado de ser espiritual.

Si un mundo de enfermedad, sufrimiento y muerte no es lo que queremos, debemos transformar nuestra mente. Para hacerlo se necesita un camino interior.

¿Podemos realmente pensar que todo lo que ahora percibimos es la creación de un padre bondadoso y omnipotente? ¿Es todo el sufrimiento del mundo obra de Dios? ¿Quién querría relacionarse a un dios así? Nuestro mero anhelo por aquello que realmente somos, por la fuente de nuestro ser, nos muestra que nuestra alegría y nuestra paz yacen allí donde nuestro anhelo se origina. El amor eterno no puede haber sido creado por este mundo. Por tanto, el amor nos conducirá lejos de la ilusión y hacia el ser que en realidad somos.

Ahora lo veo con claridad: Dios es la fuente de la verdad. Algo se ha removido dentro de mí y me gustaría llamarlo transcendencia, Dios. Se manifiesta inesperadamente. En ello puedo ver la fuente de mi añoranza. Me entrego a ello y eso cambia mi identidad. De esa fuente surge una nueva forma. A partir de ese estado recién adquirido digo: Tras ese mundo que se halla sujeto a las fluctuaciones del sufrimiento y la alegría, hay otro mundo, en el cual reinan la paz, la dicha, y una constante transformación. Nuestro mundo es tan real como nosotros lo hacemos. Yo lo experimento como un engañoso velo, pero también como un faro.

Se manifiesta en cada momento a través de una mente que piensa diferente que Dios y que aún no ha encontrado el sentido de su existencia. Una mente así produce pensamientos que están separados de la fuente de la vida. Esta fuente permite todos los caminos, incluyendo que la mente cree ilusiones y cree un mundo separado de la Fuente.

El sistema de pensamiento de nuestro ego es experimentado como una entidad separada. No obstante, dado que la separación es una ilusión, el ego también lo es: Él se mantiene a través de la creencia en su realidad. Nuestro cuerpo visible está separado de los otros cuerpos- eso es lo que nos dicen nuestros órganos sensoriales. Él es la expresión de esa separación. Nuestra mente está firmemente conectada con eso. La percepción del sistema de pensamiento del ego experimenta en consecuencia lo visible como la verdad. Esto cambiará cuando la conciencia sea acogida por la fuente. Entonces cambiará nuestra mente. Entonces experimentaremos la interacción de todas las cosas en la vida única.

Es una confusión entre causa y efecto el creer que nuestra percepción es una consecuencia de lo que realmente sucede en el mundo. Pues es lo contrario: El mundo nos muestra las imágenes en las que nuestra mente vive. El sistema de pensamiento del ego puede esforzarse por mejorar el mundo y nuestra propia vida. El mundo siempre se mostrara a sí mismo de acuerdo con las normas en uso. El pensamiento al revés siempre se confirmará. Siempre estará de acuerdo con aquello que se ha formado.

Para mí, paz y dicha son la verdad de Dios porque han surgido en mi interior en el trascurso de mi camino interior. Junto a ellas, está la experiencia de que la vida, a pesar de mostrarse bajo múltiples y diferentes aspectos, es solo una. El apego a la separación se ha vuelto para mí ilusorio. La verdadera percepción es el tipo de visión que va más allá de lo que nos muestran los ojos físicos. Va más lejos, ve aquello que está tras el velo de las formas. O, en otras palabras: desvela el significado de las formas; mira a través de ellas, las comprende como señalizaciones hacia el otro mundo en el que se encuentra la verdadera identidad de las cosas.

 

La “verdadera percepción”

Mientras queramos estar en lo cierto sobre lo que pensamos y vemos, no hay posibilidad de transformación espiritual. Pues cada pensamiento deja una huella en nuestra estructura interna. Es una cristalización que nos conduce a un razonamiento circular. Por ello es necesario que nuestro pensamiento sea flexible y se renueve constantemente. Esto se hace posible cuando nos dirigimos hacia la fuente de la vida. Los cambios que entonces ocurren no significan que tenemos que realizar algo. Ello significa que “algo” en nosotros quiere manifestarse, algo que aún no conocemos, pero que sentimos muy cercano, no obstante. Podemos admitir ese nuevo aspecto, concederle algo de espacio. Podemos abrirnos a lo desconocido, que quiere transformarnos desde dentro. Somos los receptores de aquello que viene desde lo Divino, no somos los creadores. Actuar y juzgar, separados del origen divino, ha generado los velos que nos impiden reconocer la luz. Podemos dejar que esos velos se disuelvan.

El camino para hacerlo está preparado. Empieza por el hecho de que nuevos sentidos se remueven en nuestro interior y nos preguntan: ¿Quieres conservar tus juicios o estás dispuesto a echarte a un lado, para que algo más profundo pueda encender la luz dentro de ti?

Somos libres de decidir pues el amor sin libertad no puede existir.

Si queremos seguir moviéndonos en el mundo de las ilusiones, crucificamos la Luz. Incluso las ilusiones necesitan una luz creadora. La usan. Desde ese punto de vista, también la luz espera la salvación. Pero nada puede ser forzado. El “plan de salvación” consiste en que nos despertemos del sueño. Toda disposición a abandonar los pensamientos de separación y dejar que el todo en nosotros se inflame, será jubilosamente utilizada por el Espíritu Santo, el renovador de la vida. Él rectifica nuestra mente revelando nuestra verdadera identidad. La Luz de la fuente original colmará entonces nuestra conciencia. Veremos el mundo de un modo diferente. Veremos como la Luz está activa en todas partes. La luz se contempla a sí misma a través de nosotros. El mundo se experimenta a sí mismo renovado, a través de nosotros.

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