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Herencia, transmisión, vida

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Los elevados valores que inspiran nuestro trabajo interior en el camino son mucho más que ideas filosóficas o esotéricas. Son concretas y transmisibles, porque emanan de corazones y cabezas que han actuado en el curso de los tiempos. Podemos estar agradecidos a todas las almas inspiradas que han trabajado incansablemente para conducir a la consciencia humana a despertarse. Generaciones de pioneros espirituales han trazado generosamente los caminos que emprendemos hoy. Ellos han abierto los corazones y los espíritus a la universalidad de la Gnosis. ¿Cómo asumir ese tesoro, esa herencia magnífica?

No tenemos ningún criterio, y mucho menos, para medir nuestra propia influencia en este mundo.

Pero podemos ser conscientes de lo que hemos recibido; y ser capaces de transmitir, a nuestra vez. este tesoro inmaterial.

Cuando algún autor abandona su envoltura terrestre, nos deja como herencia una parte de sus cualidades, de su ideal o la esenciade su unión con el Espíritu, al nivel al que ha llegado. Sí, el alma-sangre que se libera se transmite exactamente como una herencia, alrededor de la persona desaparecida, para beneficio de quienes viven todavía en la materia y que tienen necesidad de ello.

Esto toma la forma de una afluencia de fuerza o de palabras de verdad. Todavía no somos conscientes de ello, y tardamos en apropiarnos esta materia sutil o en hacerla fructificar. Es, sin embargo, nuestro patrimonio espiritual. ¡Y si ello es una realidad a escala individual, imaginemos como debe serlo a escala colectiva!

¿O cuál es el lugar de tal transmisión?

Por tanto, ¿dónde se celebra la ceremonia secreta en la que somos ennoblecidos con los más altos valores que la fraternidad de la luz ha cosechado y guardado celosamente para nosotros? ¿Dónde pues, si no es en el corazón del templo? ¿Dónde pues, si no es en el silencio de las almas reunidas?

Pues esta fuerza es para TODOS y no está reservado para algunos.

Por consiguientes, nosotros debemos a nuestra vez transmitirla y ofrecerla a todos. Es una vocación que no nos pertenece aceptar o rechazar. Es nuestro tributo por el que hemos recibido un tesoro de luz. Vivir en espíritu, es aceptar que tenemos como tarea, y como responsabilidad, transmitirlo a nuestra vez.

Pensemos en las sociedades tradicionales en las que el anciano (a veces, el círculo de los ancianos), detenta el saber y la magia. Él es el guardián, hasta el momento en el que un ser de una nueva generación es capaz de asumir la herencia y transmitirla con inteligencia. En África, se dice que un anciano que muere es una biblioteca que desaparece. Pero nosotros somos los transmisores de las fuerzas puras que envía la Fraternidad sobre el mundo, para las almas que nos han confiado. Nosotros debemos conducirlas hasta la evidencia de la transmutación para que así nada desaparezca.

Por la consciencia de la herencia recibida, gracias a la fuerza transmitida por la Fraternidad en todos los tiempos y en todos los lugares, cumplimos nuestra tarea con nuestros hermanos en espíritu. Y también es la joya que recibimos a cambio. Pues «Dad y os será dado…» es una ley indiscutible, pero también la expresión de un ciclo: un don engendra otro, en una espiral nutricia de alegría. A la vez, somos espiritualmente herederos y donantes. Esto nos coloca en el corazón de la vida impersonal y fraternal.

 

 

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