Paradigms

Paradigmas de conciencia: ¿renovación o estancamiento?

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Para percibir el significado de la existencia, conocerse a sí mismo es esencial. En el templo de Apolo en Delfos, está escrito: «Hombre, conócete a ti mismo y conocerás a los dioses y al universo». Conocerse a sí mismo significa despertar al niño dentro de nosotros mismos, lo que simboliza el principio de otra Naturaleza que duerme en el corazón de los seres humanos. El ser humano tiene una doble naturaleza: es una personalidad mortal, así como el templo de un principio inmortal.

En la enseñanza universal de muchas sabidurías ancestrales se dice que la conciencia es sinónimo de alma. Es lo que nos anima, lo que mueve nuestras decisiones y acciones. Nuestra conciencia es triple: corazón, cabeza y vida, es decir, nuestros pensamientos, sentimientos y actos. Sin embargo, estos tres centros de conciencia suelen estar en desarmonía, ¿no es así?

En este estado de conciencia, como en el caso de los animales, los cinco sentidos nos guían. Las emociones nos dominan. Proyectamos imágenes de nosotros mismos, de los demás y de las circunstancias, arraigadas en acondicionamientos y automatismos inconscientes. Y la gente lucha entre sí o se une según estas imágenes, que no son más que una ilusión.

Nuestra "conciencia", limitada por nuestra mente y nuestros sentidos, es la punta de un iceberg, cuya inmensa base es un caos inconsciente de pensamientos, sentimientos y acciones. No actuamos, pero reaccionamos ante los demás y en las circunstancias. Y así creamos y reforzamos los paradigmas de la conciencia.

¿Y cuáles son estos paradigmas? Son las lentes a través de las cuales vemos el mundo. Ponemos nuestra mente como escudo entre nosotros y la realidad. Estas lentes se componen de milenios de creencias, hábitos, reglas, dogmas y, en la base de todo, reacciones automáticas e inconscientes. Con las creencias, cultivamos miedos. Con los hábitos, prejuicios. Con las reglas, obediencia ciega. Todos ellos son los paradigmas de nuestra conciencia: todos los prejuicios, todos los hábitos y todas nuestras "verdades".

Lo peor es que este estado, que es el resultado de todos estos paradigmas, causa una cristalización, un estancamiento de la conciencia. Como un capullo pedregoso, esta cristalización envuelve nuestra mente, nuestro corazón y nuestro cuerpo, y nos impide ver, oír, palpar, aspirar y saborear la vida tal como es, vibrante y llena de su propio magnetismo.

Nuestra conciencia estancada y pedregosa nos aísla, ya sea individualmente o en grupos sociales, religiosos, filosóficos, políticos y científicos. Cristalizados por los dogmas que aceptamos, ya los creamos o de los que ni siquiera somos conscientes, ya no somos capaces de actuar. Simplemente reaccionamos y apenas podemos interactuar entre nosotros: de hecho, solo reaccionamos ante los demás. Toda esta confusión, este caos interno, nos oscurece y lastima nuestras almas.

Nuestro comportamiento es solo una reacción a una conciencia cristalizada. Es una reacción entrenada durante milenios para obedecer dogmas. Decimos "soy cristiano", "soy rosacruz", "soy español, brasileño, francés, alemán u holandés". Estas etiquetas que adherimos a nuestra personalidad – que es la máscara que cubre nuestro verdadero ser – nos sirven solo para sentirnos protegidos dentro de un determinado grupo: un grupo que reacciona de la misma manera, basado en dogmas, creencias, hábitos, reglas. Solo entonces, como animales culturales, nos sentimos seguros. Y nos sentiremos "seres humanos buenos, dignos, honestos y honorables", en el camino hacia un "desarrollo personal", hacia una falsa "evolución espiritual".

¿Cómo salir de este caos y confusión internos? Necesitamos renovar nuestra conciencia. Y el primer paso es mantenernos en silencio. Solo entonces, en nuestro desierto de auto-desenmascaramiento, nos damos cuenta de que la acción real no está al nivel de la conciencia ordinaria y estancada.

Cuando despertamos, encontramos que el comportamiento nos une a una conciencia binaria extremadamente superficial. Confundimos nuestra oscilación entre un polo y el otro con el "autoconocimiento". Celosos, nos analizamos a nosotros mismos basándonos en etiquetas de clasificación binarias y nos preguntamos: "¿Estoy pensando, sintiendo y actuando bien o mal?" "¿Estoy siguiendo las reglas de mi grupo o no?" "¿Estoy siendo bueno o malo?" "Puedo mejorar esto". "Debo dejar de hacer eso".

Pero, amigos, para romper el pesado capullo pedregoso que nos encierra en la conciencia superficial cristalizada por dogmas externos o inconscientes, ¡necesitamos un cambio inmediato de actitud, aquí y ahora!

¿Cómo definir lo que es la actitud? La actitud es una verdadera acción, dirigida a un objetivo preciso y claro. Así que usamos palabras objetivas para definirla. Una actitud no es "correcta o incorrecta", no sigue reglas, no es "buena o mala". Va más allá de la conciencia ordinaria y fluye hacia la acción inteligente. Después de todo, ¡nace de la inteligencia activa! ¡Sale de la oscilación del péndulo y fluye como un río de luz, lleno de vida propia!

¡Si, por un lado, la conciencia estancada se pega al péndulo binario eterno, la conciencia renovada, que genera una nueva actitud, muestra una vida vibrante a nuestros ojos, oídos, olfato, sabor y tacto! A partir de entonces, los nuevos sentidos -sin nombre, incapaces de expresarse con palabras- guían nuestros pasos hacia el verdadero conocimiento de nosotros mismos y del mundo. ¡Y ese aprendizaje diario va paso a paso con la vida! Dejando fluir la vida, nos damos cuenta de que nosotros, el mundo y la humanidad somos una sola realidad. Por lo tanto, ya no nos preocupan los juicios, la aceptación social y las imágenes que nuestra persona pueda crear en nuestra familia, grupos religiosos, políticos o profesionales. Esta conciencia es simplemente ser. Se trata de vivir en el presente eterno, servir a la humanidad, con gozo y convicción.

Servir a la humanidad es estar dispuesto a dejar fluir la vida con toda su energía, en el aquí y ahora, en una actitud firme, consciente y decidida. Entonces ya no preguntamos: "¿Estoy actuando bien?" ¡No es necesario! Desde nuestra actitud, ya sabemos que, en todo momento, todo se renueva. Y, de lo realmente nuevo, la vida fluye.

 

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