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¿Somos dioses?

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La realidad que tan bien conocemos se impone con rotundidad, pues somos muy conscientes de nuestra fragilidad, de nuestro sometimiento a la enfermedad y a la disolución, de nuestra escasa consciencia con respecto al alma y al Espíritu e, incluso, en no pocas ocasiones, de nuestra escasa consciencia en lo que atañe propiamente al ser humano.

Sin embargo, no son pocos los maestros espirituales, filósofos y humanistas que no solo se lo han planteado, sino que han mantenido tal opinión. En los evangelios cristianos, por ejemplo, encontramos que Jesucristo, estando a punto de ser apedreado por los judíos porque siendo hombre, se proclamaba Dios, responde, según testimonio de Juan: «¿Acaso no está escrito en la ley?: Yo he dicho que sois dioses». (Juan 10:34) 

 

La “Ley” a la que hace referencia el texto de Juan es el Salmo 82:6:

«Yo dije: Vosotros sois dioses,
Y todos vosotros hijos del Altísimo;

7 Pero como hombres moriréis,
Y como cualquiera de los príncipes caeréis.

8 Levántate, ¡oh, Dios!, juzga la tierra;
Porque tú heredarás todas las naciones”.

 

Si analizamos el contexto en el que se dicen tales palabras, resulta evidente que el término “dioses” se refiere a personajes que mantienen cierta autoridad y prestigio entre los hombres (magistrados, jueces, etc.) que han recibido su poder y autoridad “por decreto divino” y, por tanto, que son considerados como representantes de Dios ante los hombres. En otras palabras, personajes considerados como “dioses” ante el pueblo, pero mortales.

¿Cabe por ello considerar que las palabras de Jesús hacen referencia a que el ser humano es un dios, un ser inmortal?

La naturaleza divina del ser humano era un concepto que estaba muy presente en la antigüedad, en particular, en la tradición pitagórica. Platón, por ejemplo, habla de “lo divino en nosotros” (“Timeo” 90 c), aludiendo a la parte racional del alma. Ahora bien, para Platón el hombre es un alma (eterna e inmortal), unida a un cuerpo animal, mortal. En tal sentido, el filósofo entiende el cuerpo como la cárcel del alma. Plotino, epígono de Platón y de su filosofía, en el primer tratado de “Eneada” (I,10) (“Sobre qué es el animal y qué el hombre”), plantea el mismo asunto, al señalar que el animal humano es bipolar por naturaleza, en el sentido de estar compuesto de un cuerpo vivificado (la bestia inferior) y un alma (el hombre verdadero):

«”Bestia” es el cuerpo vivificado; pero el hombre verdadero es otro».

 

Si bien, como nos ha dicho con anterioridad:

«Pero la meta de nuestro afán no es quedar libre de culpa, sino ser dios». (I, 2, 6)

 

En “Eneadas” (V,8,30), Plotino deja constancia de que el Hombre (divino) y “Total” se ha transformado en su propia creación, esto es, en un hombre mortal:

«Crea esta otra forma de hombre en que se ha transformado. Pues convertido actualmente en un hombre, dejó de ser el Hombre total”.

 

Más explícito se nos muestra el escritor y gramático romano, Macrobio (siglo IV), quien en su “Commentarii in Somnium Scipionis” (“Comentario al Sueño de Escipión”, de Cicerón), llega a afirmar:

 «El alma es no solo inmortal, sino también un dios. Ahora bien, si el hombre que, abandonado de su cuerpo, ha sido recibido en la condición divina intenta decir a un hombre enterrado en esta vida: “entérate de que eres un dios”, aquel no hace partícipe de tamaño privilegio al mortal, hasta que el mortal ha comprendido su verdadera naturaleza, no sea que llegue a pensar que lo que es mortal y caduco en los otros recibe también el calificativo de divino». (“Comentario al Sueño de Escipión de Cicerón” II, 12, 5-6)

 

Y añade, en la misma línea que Plotino:

El hombre visible no es el hombre verdadero, sino que el hombre verdadero es aquel que gobierna al hombre visible”. (“Comentario al Sueño de Escipión de Cicerón” II, 12, 9)

 

Los textos clásicos coinciden, por tanto, en afirmar que el Hombre verdadero (divino) ha terminado por transformarse en el hombre natural y visible (el hombre mortal), pero también, que el hombre puede volverse dios, a través de su alma, esto es, que un hombre mortal, puede transformarse en inmortal. Por ello, podemos leer en el primer libro de los textos herméticos (atribuidos al mítico Hermes Trismegisto), capítulo X, (“La clave”):

Así que nos atrevemos a decir que el hombre es un dios mortal y que un dios celeste es un dios inmortal”.

 

Tal trasformación (de un hombre mortal a un hombre inmortal) se llevaría a cabo cuando el ser humano comienza por cambiar su forma de pensar, en el sentido de que toma consciencia de que, en sus aspectos más elevados, es divino. Así, en el primer libro de los textos herméticos, capítulo XI (“La inteligencia a Hermes”), la “inteligencia” declara a Hermes (el hombre-alma que aspira a transformarse en divino:

“Nada te impide que te creas inmortal y conozcas todo, las artes, las ciencias, las costumbres de todos los animales. Elévate por encima de toda altura, desciende por debajo de toda profundidad, reúne en ti todas las sensaciones de las cosas creadas, del agua, del fuego, lo seco y lo húmedo. Supón que estás al mismo tiempo en todas partes, en la tierra, en el agua, en el cielo; que nunca has nacido, que eres todavía un embrión, que eres joven, viejo, muerto, más allá de la muerte. Abarca todo al mismo tiempo: los tiempos, los lugares, las cosas, las cualidades, las cantidades, y comprenderás a Dios. Pero si cierras tu alma en el cuerpo, si la rebajas y dices: No comprendo nada, no puedo nada, no sé ni lo que soy, ni lo que seré, ¿qué tienes entonces en común con Dios?”

 

La Escuela de la Rosacruz Áurea, por su parte, nos recuerda que el ser humano está vinculado a un principio espiritual o átomo chispa de espíritu. Debido a tal vínculo, podemos decir que somos seres espirituales o dioses en potencia. Sin embargo, se hace evidente que ello no es suficiente para definirnos como dioses. Si disponemos, por ejemplo, de la semilla de un manzano, no podemos decir que ya disponemos de un árbol y, mucho menos, de sus frutos. A todos se nos hace evidente que, antes de poder disfrutar de las manzanas, debemos enterrar la semilla, esperar a que germine, cuidar de su progreso (quitar la maleza, protegerlo contra las plagas, regarlo…) y, solo después de un proceso de varios años, si todo va bien, podremos, al fin, disfrutar de las manzanas de nuestro árbol. Del mismo modo, cuando el principio interior presente en el ser humano germina, dejamos de ser dioses en potencia, y podemos decir que somos seres en proceso de ser dioses.

Pero solo cuando nuestro “árbol interior” ha crecido y madurado lo suficiente para dar los frutos de una nueva consciencia, una consciencia universal, en la que toda separatividad ha sido disuelta, solo entonces podemos decir con propiedad: somos dioses, pues entonces participamos de la consciencia de nuestro dios interior.

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